Las micotoxinas son producidas por el metabolito secundario de algunas especies de hongos como consecuencia del estrés ambiental al que ha sido sometida la planta, o se desarrollan durante el proceso de secado y conservación de los productos vegetales. Numerosos estudios han caracterizado las principales micotoxinas y sus metabolitos, y han demostrado sus efectos negativos […]
Las micotoxinas son producidas por el metabolito secundario de algunas especies de hongos como consecuencia del estrés ambiental al que ha sido sometida la planta, o se desarrollan durante el proceso de secado y conservación de los productos vegetales.
Numerosos estudios han caracterizado las principales micotoxinas y sus metabolitos, y han demostrado sus efectos negativos sobre la salud humana y animal.
Los grupos de micotoxinas más relevantes que se encuentran en la alimentación animal son producidos por tres géneros de hongos:
Aspergillus (aflatoxinas (AF) y ocratoxina A),
Especies de Fusarium (tricotecenos (deoxinivalenol-DON),
Fumonisinas (FU)
Zearalenona (ZEA)).
Penicillium (ocratoxina A)
En los cerdos, la micotoxicosis después de la ingestión dietética de aflatoxinas, tricotecenos, fumonisinas y zearalenona, es difusa y puede ejercer un efecto negativo en varios órganos, incluidos el tracto digestivo, los sistemas inmunológico, reproductivo y respiratorio, el riñón y el hígado.
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La transmisión de micotoxinas y sus metabolitos entre animales (de la madre al recién nacido) puede producirse mediante el calostro y la leche, primeras fuentes de nutrientes para los lechones.
En los cerdos, la evidencia es escasa sobre el riesgo que presentan las secreciones de la glándula mamaria para transferir micotoxinas a la descendencia, como ya se ha señalado abundantemente para los rumiantes.
De hecho, numerosos estudios han demostrado claramente la transferencia de micotoxinas del pienso a la leche de vaca, especialmente de aflatoxinas y sus metabolitos, ya que esta leche se consume directamente o es procesada por humanos.
En cuanto a las fumonisinas, en el único ensayo realizado en cerdas, se encontraron cantidades mínimas detectables de FU B1 en la leche durante una ingesta de dos semanas de FU.
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