La escalada del conflicto en Oriente Medio en 2026 está intensificando sus efectos sobre el sistema agroalimentario global, al golpear una región estratégica para la energía, los fertilizantes y las rutas comerciales internacionales. El foco de preocupación se sitúa en el estrecho de Ormuz, un paso clave por el que transita una parte significativa del petróleo mundial y numerosos productos esenciales para la agricultura.
El encarecimiento de la energía es uno de los primeros impactos visibles. La subida del petróleo y del gas está elevando los costes en toda la cadena de valor agroalimentaria: desde el combustible utilizado en maquinaria agrícola hasta el transporte, el procesado y la refrigeración de alimentos. Esta presión se traslada rápidamente a los precios finales, alimentando la inflación alimentaria en numerosos países.
A este efecto se suma la tensión en el mercado de fertilizantes. Oriente Medio es un proveedor relevante de insumos como amoníaco y urea, fundamentales para la producción agrícola. Las disrupciones logísticas y la incertidumbre en los mercados están reduciendo la oferta y elevando los precios, lo que podría traducirse en un menor uso de fertilizantes por parte de los agricultores y, en consecuencia, en una caída de los rendimientos en próximas cosechas.
En el caso de España y otros países europeos, el impacto ya es tangible. El sector agrario afronta un incremento sostenido de costes en combustible, abonos y transporte, lo que está estrechando los márgenes y obligando a muchos productores a replantear inversiones o incluso reducir actividad. Esta situación afecta especialmente a explotaciones intensivas y altamente dependientes de insumos externos.
El comercio internacional de alimentos también se está viendo afectado. Las rutas marítimas más inseguras y los mayores costes logísticos están ralentizando los flujos comerciales y encareciendo las importaciones. Los países del Golfo, con una elevada dependencia del exterior para su abastecimiento alimentario, se enfrentan a mayores riesgos de desabastecimiento y volatilidad en precios de productos básicos como trigo, maíz o arroz.
En paralelo, la incertidumbre geopolítica está afectando a los mercados financieros y a las decisiones de inversión en el sector agroalimentario. Las empresas operan en un entorno más inestable, donde la planificación a medio plazo se complica por la volatilidad de los costes energéticos, los insumos y el transporte.
En conjunto, el conflicto está generando un entorno de riesgo multidimensional. A corto plazo, se traduce en aumentos de precios y tensiones en la cadena de suministro. A medio y largo plazo, podría provocar cambios estructurales en el sistema agroalimentario global, impulsando la diversificación de proveedores, la relocalización de producciones y una mayor búsqueda de resiliencia frente a futuras crisis.

