CLAVES EMOCIONALES Y PRÁCTICAS ANTE SITUACIONES CRÍTICAS COMO EL BROTE DE PPA

Hay noticias que, cuando llegan, no solo informan, impactan.

La confirmación de un brote sanitario, como puede ser la Peste Porcina Africana, no es únicamente un dato técnico ni una alerta epidemiológica.

Para muchas personas del sector porcino supone la materialización de uno de sus mayores temores y cuando eso ocurre, la reacción no es solo racional, es profundamente emocional.

 

Durante los primeros momentos, a veces días, es habitual sentir bloqueo, dificultad para concentrarse, una sensación constante de alerta y una necesidad casi compulsiva de buscar información. La mente salta de un escenario a otro:

¿y si llega a granja?, ¿y si se cierran mercados?, ¿y si esto va a peor?

Este estado no es una debilidad ni una falta de profesionalidad, es una respuesta humana normal ante la incertidumbre.

CUANDO EL CEREBRO ENTRA EN MODO AMENAZA

Desde la neurociencia sabemos que, ante una amenaza percibida, el cerebro activa de forma automática los circuitos de supervivencia.

La amígdala, nuestro “radar del peligro”, toma el control y reduce la actividad de las áreas prefrontales, responsables del pensamiento analítico, la planificación y la toma de decisiones complejas.

Traducido al día a día:

Nos cuesta pensar con claridad.
Perdemos capacidad de priorizar.

Reaccionamos más desde la emoción que desde la estrategia.

Por eso, en los primeros momentos tras una noticia de este calibre, no siempre somos capaces de actuar con la serenidad que nos exigimos.

Esto es importante entenderlo, porque solo desde la comprensión podemos avanzar.

LA NECESIDAD DE JUNTARNOS: NO ES CASUAL, ES BIOLÓGICA

Otro fenómeno habitual tras una crisis es la necesidad de hablar con otros profesionales del sector (compañeros, colegas, asociaciones, equipos técnicos).

Compartir información, contrastar datos y escuchar otras voces.

Lejos de ser un signo de alarma o rumorología, esta conducta responde a un mecanismo profundamente humano y ancestral: el cerebro social busca seguridad en el grupo, porque tenemos marcado en el ADN que el grupo es sinónimo de supervivencia.

Sentir que no estamos solos, que otros están viviendo lo mismo, reduce la percepción de amenaza y ayuda a regular emocionalmente la situación.

Por eso son tan importantes los espacios de encuentro, los foros técnicos, los webinars, las conversaciones honestas. No solo informan, contienen.

DE LA INCREDULIDAD A LA RABIA: FASES EMOCIONALES HABITUALES

Una vez pasado el impacto inicial, suele aparecer otra fase: la negación o la rabia.

Negación porque cuesta aceptar que algo así esté ocurriendo “aquí”, “ahora”.

Rabia porque las consecuencias económicas, logísticas o emocionales nos afectan directamente, aunque no hayamos hecho nada mal.

Aparecen preguntas legítimas:
¿Por qué ahora?
¿Por qué nosotros?
¿Por qué siempre lo pagamos los ganaderos si no tenemos la culpa?

Y, de fondo, una cascada de “y si…” que alimenta la ansiedad.

Reconocer estas emociones no significa quedarse atrapado en ellas. Significa ponerles nombre para poder avanzar.

DE LA PARÁLISIS A LA ACCIÓN: Cómo gestionar la incertidumbre de forma eficaz

Una vez superado el impacto inicial de la noticia, el shock, la necesidad de hablar, la negación o incluso la rabia, llega un momento clave: decidir cómo queremos situarnos ante la incertidumbre.

Aquí hay un punto fundamental que conviene aclarar desde el inicio:

Aceptar la situación no significa resignarse.
Aceptar es dejar de luchar contra la realidad para poder actuar sobre ella.

1. La aceptación como punto de partida

La aceptación tiene un enorme valor operativo.

Mientras seguimos anclados en el “esto no debería estar pasando”, el cerebro permanece en modo amenaza: aumenta el estrés, disminuye la capacidad de análisis y se reduce la toma de decisiones eficaces.

Cuando aceptamos que la situación es la que es, liberamos recursos mentales para pensar con claridad.

Esta idea no es moderna: es uno de los pilares de la filosofía estoica, una escuela de pensamiento que durante siglos ha enseñado cómo vivir con serenidad incluso en tiempos turbulentos.

Para los estoicos, como Epicteto, Séneca o Marco Aurelio, la clave está en distinguir entre:

Esta idea está intrínsecamente relacionada con el círculo de la influencia de Stephen R. Covey.

Ambos conceptos se basan en la idea de diferenciar lo que podemos controlar de lo que no.

Los estoicos (como Epicteto) enseñan a centrarse en nuestros juicios y acciones, mientras que Covey define el Círculo de Influencia como aquello que depende de nosotros (nuestras respuestas, decisiones) y el Círculo de Preocupación como lo externo. Otros puntos en común son:

Si dejamos a un lado la filosofía y lo abordamos desde un punto de vista neurocientífico, la aceptación reduce la activación sostenida de la amígdala (centro del miedo) y permite que el córtex prefrontal vuelva a liderar: planificación, priorización y pensamiento estratégico.

En el contexto de un brote de PPA, la aceptación implica asumir que:

El riesgo existe.

No todo depende de nosotros.

Muchas cosas sí dependen de nosotros y ahí es donde debemos poner el foco.

2. Volver al control: ¿qué depende realmente de mí?

Esta reflexión es clave tanto para técnicos como para productores. Podemos preguntarnos, de forma muy concreta:

3. Bioseguridad: del papel a la realidad (sin excusas)

En momentos como este, la bioseguridad deja de ser un concepto teórico para convertirse en una línea roja. Ya no hay margen para el “lo haremos cuando tengamos tiempo”.

Acciones concretas que deberían revisarse de inmediato:

Aquí hay un mensaje clave:

El sector, en general, tiene un nivel de bioseguridad alto, pero el virus no entra por donde está bien hecho, entra por donde está mal hecho. Y basta un solo punto débil.

4. Estrategia: pensar escenarios sin entrar en pánico

Gestionar la incertidumbre no significa ignorar los riesgos, sino pensar escenarios de forma ordenada. No desde el miedo, sino desde la anticipación.

Algunas preguntas estratégicas útiles:

Protocolo si tenemos casos sospechosos.

¿Los conocemos? ¿Cómo se activarían?

¿Quién comunica qué y a quién?

¿Cómo protegemos a las granjas más vulnerables? ¿Es necesario llenarlas?

Tener estas respuestas pensadas antes de necesitarlas reduce enormemente el estrés cuando hay que actuar.

5. Información: menos ruido, más criterio

Uno de los mayores riesgos en estas situaciones es la sobreexposición a información no contrastada: rumores, teorías, mensajes alarmistas.

La información constante activa el miedo, no la solución.

Recomendaciones claras:

Definir fuentes fiables y ceñirse a ellas.

Limitar el tiempo de exposición a noticias.

Priorizar datos confirmados frente a especulaciones.

6. Formación: el conocimiento como generador de seguridad

La formación técnica es una de las herramientas más potentes para reducir el miedo. Saber qué hacer, por qué se hace y cómo hacerlo bien genera sensación de control.

Invertir en capacitación en bioseguridad, manejo, sanidad y protocolos no solo mejora los resultados técnicos, protege emocionalmente a las personas.

7. Cuidar a las personas

Por último, no podemos olvidar el factor humano. La incertidumbre sostenida genera desgaste emocional y una granja emocionalmente agotada es también una granja más vulnerable.

Reuniones periódicas, espacios para explicar la situación, escuchar preocupaciones y alinear mensajes son medidas sencillas que marcan la diferencia.

CERRAR EL CÍRCULO: APOYARNOS BIEN, EN EL MOMENTO ADECUADO

Gestionar una crisis sanitaria como un brote de PPA no es solo una cuestión de protocolos, diagnósticos y decisiones técnicas, es una cuestión humana.

Pretender actuar con lucidez cuando estamos saturados de información, dominados por la rabia o bloqueados por el miedo no es realista. Por eso, una parte fundamental de la estrategia es saber buscar y aceptar ayuda, tanto técnica como emocional.

Desde el punto de vista técnico, es esencial rodearse de las personas adecuadas, no de cualquiera que opine, sino de profesionales con conocimiento contrastado, experiencia y criterio.

En momentos de incertidumbre, el exceso de información no aporta seguridad; al contrario, la erosiona.

Elegir bien a quién escuchar (administración, veterinarios de referencia, equipos técnicos internos) y reducir el “ruido” externo es una medida de bioseguridad mental que no siempre valoramos lo suficiente.

Al mismo tiempo, no podemos olvidar el apoyo emocional. Técnicos, encargados, trabajadores de granja y productores están sometidos a una presión enorme en estas situaciones y un equipo desbordado emocionalmente toma peores decisiones.

Espacios de conversación ordenada, reuniones periódicas para actualizar información fiable, validación de emociones y acompañamiento real no son gestos “blandos”, son herramientas de gestión del riesgo.

Cerrar bien una crisis empieza por actuar donde podemos actuar, apoyándose en el conocimiento, cuidando a las personas que sostienen el sistema y no caminando solos.

En el sector porcino, como en tantas otras cosas, la fortaleza no está en hacerlo todo sin ayuda, sino en saber con quién contar cuando más falta hace y haciendo piña.

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